SOBRE LA CATEDRAL DE BURGOS

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Antonio José

ANTONIO JOSÉ, EL MÚSICO DE CASTILLA

Las gentes de bien y los amantes de la música todavía siguen llorando la trágica desaparición del músico y compositor burgalés Antonio José Martínez Palacios (Antonio José), que fue asesinado en el Monte de Estépar, muy cerca de su ciudad natal, en octubre de 1936 a los pocos meses de comenzar la Guerra Civil española. Los responsables de su muerte no solo quisieron acabar con la vida de este joven y brillante artista, sino también acallar y enterrar para siempre su recuerdo. Por fortuna el talento y la personalidad de Antonio José fueron mucho más poderosos que las balas y la desmemoria y su nombre y su música han conseguido traspasar las fronteras del tiempo y de la historia.
En la actualidad, gracias al trabajo de unos cuantos estudiosos (en especial de su biógrafo Miguel Ángel Palacios y del compositor Alejandro Yagüe), su intensa trayectoria vital y creativa sigue atrayendo a distintos investigadores y musicólogos y algunas de sus obras, en especial sus composiciones para guitarra y piano, son interpretadas por músicos de todo el mundo. Un ejemplo de esto último es su prestigiosa Sonata para guitarra.

 

Pero Antonio José es uno de esos compositores que por distintos lances de la vocación y el destino no ocupa el lugar que debería corresponderle en la cultura musical contemporánea: en su caso por la decisión de regresar a Burgos buscando las fuentes de la música tradicional castellana, por su trágica y temprana desaparición y por el silencio impuesto sobre su figura durante los cuarenta años de dictadura franquista.
En general la vida y obra de este incansable creador y digno representante de la ‘Generación Musical del 27’ continúa en una especie de silencioso letargo que impide que buena parte de su producción, de elevada intensidad creativa, haya alcanzado la difusión que merece.

Desde su nacimiento hasta su primera juventud (1902-1918)

Antonio José nació con los primeros albores del siglo XX. Desde muy niño comenzó a destacar por su despierta inteligencia y, en especial, por un innato talento para la música. El modesto origen de su familia, su padre trabajaba en el obrador de una confitería, le impidió acceder a unos estudios musicales formales. Hasta que con diez años tuvo la fortuna de coincidir con el organista de la iglesia de los Jesuitas, José María Beobide. Antonio José aprendió con este ‘buen maestro’ casi todo lo necesario para formarse como músico: piano, armonía, contrapunto…


Su progreso fue rápido y prometedor ya que con solo doce años había firmado sus primeras composiciones. Tres años después, en 1917, dirigía un sexteto de cuerda y piano con el que interpretaba algunas de sus obras en los entreactos o durante la proyección de las películas mudas en el Salón Parisiana de la plaza Mayor de Burgos. Como otros músicos de la época, Antonio José también acompañaba con sus improvisaciones al piano los silenciosos fotogramas de los filmes de la época. Además de ganar su primer dinero, la práctica de la improvisación al compás de las imágenes le ayudaría a consolidar un concepto visual y espacial de la música muy patente en casi todas sus obras posteriores.

De Burgos a Madrid (1918-1924)

Tras agotar todos los recursos docentes que tenía a mano en Burgos, con 19 años y más de medio centenar de obras en su catálogo decide dar un salto fundamental en su formación y marchar a Madrid para ampliar sus estudios musicales. Antonio José ya tenía decidido que la música iba a constituir el eje central de su existencia.
Consciente de su talento, con voluntad decidida y una personalidad poco común para su edad, se plantó en Madrid ante un improvisado tribunal de prestigiosos músicos y profesores del conservatorio capitalino. Con la única complicidad del compositor y también burgalés Rafael Calleja, autor de la música del Himno a Burgos, consiguió que los maestros —entre los que figuraban personajes de la talla de Tomás Bretón, Rafael Calleja y Miguel Yuste—, examinaran algunas de sus composiciones y firmasen un muy elogioso y favorable informe al joven músico burgalés. Con esas credenciales bajo el brazo no fue difícil que la Diputación de Burgos le concediese una pensión para que durante tres años ampliara sus estudios en Madrid.


Antonio José tenía vocación de autodidacta y siguiendo su instinto no llegó a matricularse como alumno oficial en el conservatorio madrileño. Y aunque se relacionó con alguno de los más renombrados músicos del momento, tampoco consta que recibiera clases particulares de ellos. Pero en absoluto era un diletante, ni malgastó las dos mil pesetas anuales de la beca de la Diputación de Burgos que, aunque generosa, era insuficiente para correr con todos sus gastos capitalinos. Como buen buscavidas muy pronto encontró trabajo como director concertador del Teatro de La Latina. Un puesto que le permitiría, además de ganar un sueldo, seguir profundizando en su formación como músico integral.
Antonio José obtuvo mucho provecho de su estancia en Madrid ya que no solo se dedica con fruición e intensidad a escribir música, sino que también entabla relación con otros jóvenes intelectuales y artistas que se estaban formando en la capital. Entre ellos destaca la amistad con el guitarrista burgalés Regino Sáinz de la Maza, que fue el que lo introdujo en las tertulias frecuentadas por García Lorca, Buñuel, Bacarisse, etc.


En Madrid, además de consolidar su formación musical y descubrir el camino de su personal estilo, se da cuenta que para triunfar en su prometedora carrera como músico y compositor se tiene que convertir en un artista total. Es cuando decide prescindir de sus apellidos y firmar sus obras solo con su nombre. A partir de entonces cuidará en extremo su indumentaria, siempre con ese distinguido y elegante toque dandi, y la caligrafía y el color con el que redacta sus cartas y escribe sus partituras: su famosa y simbólica ‘tinta roja’.
A pesar del prometedor futuro que se le abría en la capital de España, para Antonio José era imposible perder el contacto con Burgos, por su familia, por sus raíces intensamente castellanas, por los bellos paisajes de su tierra y por el rico y sugerente cancionero burgalés que para él resultaba tan inspirador y que casi siempre estaría presente en sus obras. Durante su etapa madrileña regresaba con frecuencia a su ciudad natal para participar en conciertos, dar conferencias, departir con sus contertulios de El Ciprés e, incluso, recibir homenajes de sus paisanos.


Con 21 años vuelve a residir en Burgos para cumplir con el servicio militar, que en esa época duraba tres años. Sigue estudiando, compone con intensidad, dirige algún concierto y colabora como crítico musical en un periódico local: El Castellano. Además de para la música, Antonio José también poseía un talento especial para la escritura y lo demostró con creces a lo largo de su vida en cientos de cartas, escritos y artículos periodísticos.
Al final de este período vital el músico ya tenía un centenar de composiciones en su catálogo, entre las que se pueden destacar Sinfonía castellana, Danzas burgalesas y Poema de la juventud, comienza a publicar sus obras en la editorial madrileña Unión Musical Española y ya puede afirmarse que se está convirtiendo en un conocido y valorado compositor.

Del trabajo docente en Málaga y sus viajes a París (1925-1929)

Poco tiempo después de licenciarse del Ejército recibe una muy atractiva oferta laboral a la que, a pesar de tener que alejarse casi 800 kilómetros de su ciudad y su familia, no pudo resistirse: impartir clases de música en el colegio de los jesuitas de Málaga. Sus escasas obligaciones docentes, un buscado aislamiento ‘en su celda’ del colegio, la bella luz mediterránea y el contagioso y paradisiaco ambiente de la ciudad andaluza son el caldo de cultivo para sus años más fecundos y creativos. De allí saldrían obras como Evocaciones, Sonata gallega, Suite ingenua y sienta las bases de su composición más ambiciosa: la ópera de tema cervantino El mozo de mulas.


Antonio José era una persona abierta, entrañable y curiosa que enseguida trababa conversación con todo tipo de personas y tenía una predisposición especial hacia los que sentían sus mismas inquietudes artísticas. Así no es extraño que en Málaga se hiciese muy amigo del poeta Emilio Prados que, junto a Manuel Altolaguirre, era el editor de la prestigiosa revista Litoral, que fue un auténtico revulsivo para la cultura española de la época y en la que colaboraban personajes de la talla de Jorge Guillén, Picasso, García Lorca, Alberti y Manuel de Falla. Y Antonio José no perdió la oportunidad de utilizar estos contactos para cartearse con alguno de ellos, en especial con el consagrado músico gaditano al que tanto admiraba.
La dedicación a la música y el deseo de continuar aprendiendo no tienen límites para Antonio José. Por eso y antes de ‘emigrar’ a Málaga había conseguido personalmente del Ayuntamiento de Burgos una subvención para viajar a Paris. Antonio José se desplazó a Francia durante los veranos de 1925 y 1926 donde repitió el esquema de su aprendizaje en Madrid: asistir a todos los conciertos, muchas horas de estudio y embeberse de las abundantes novedades musicales que bullían en las orillas del Sena, que en esos años era la cuna mundial de muchas de las vanguardias artísticas.
Si en Burgos y en Madrid había estado rodeado de una música y una formación anclada en los academicismos del siglo anterior, al llegar a París el artista descubre que la música que había imaginado ya existía. Las influencias de Debussy, Ravel o Stravinski, sobre todo de los dos impresionistas franceses, dejaron su huella en la manera en la que Antonio José fue capaz de transmutar en música el paisaje burgalés y la esencia castellana. Una admiración mutua ya que Maurice Ravel ponderó, tras tener entre sus manos algunas de las partituras del joven burgalés, que: “Antonio José llegará a ser el gran músico español de nuestro siglo”.

El regreso a Burgos, el Orfeón y el cancionero popular (1929-1932)

En 1929 Antonio José regresa definitivamente a Burgos tras aceptar el encargo para dirigir el Orfeón Burgalés. Aunque durante sus estancias en Madrid y Málaga jamás se había desvinculado de Burgos, a partir de ahora puede cumplir algunos de los retos que se había planteado en su vida consagrada a la música. Al hacerse cargo del Orfeón, como siempre comprometido al cien por cien con sus proyectos, era consciente que su vertiente de compositor iba a resentirse, pero que a cambio podría hacer realidad un sueño que le rondaba desde siempre: utilizar la música como elemento catalizador para el impulso de la educación artística de las clases populares y la sociedad en general.
La capacidad de trabajo, el entusiasmo y el indudable talento de Antonio José convierten en muy poco tiempo al Orfeón Burgalés en una prestigiosa coral. Los casi 150 orfeonistas —en su mayoría modestos empleados y trabajadores de la capital— reciben de su director una completa formación musical: ensayos todos los días laborables, clases de solfeo, lecciones de historia de la música y estudio de un amplio y variado repertorio. Un lujo para una modesta capital de provincia que muy pronto contaría también, así mismo con el impulso y la dirección de Antonio José, con la Escuela Municipal de Música, que fue una de las primeras de España.


El trabajo fructificó con rapidez y enseguida se presentaron ante un entusiasta público burgalés. Además, en el primer concierto, el 29 de junio de 1929, se estrenó el Himno a Castilla del propio Antonio José. Los conciertos se sucedieron en Burgos y en la mayoría de las ciudades importantes del entorno y, principalmente, en muchas localidades de la provincia. Era en esos recitales ante los habitantes del mundo rural donde Antonio José se sentía más satisfecho y veía cumplido su ideal progresista de llevar la educación y la cultura a todos los rincones de su tierra. Con esa emulación de las Misiones Pedagógicas, impulsadas por el Gobierno republicano y la Institución Libre de Enseñanza, el compositor quería de alguna manera agradecer a esos campesinos el que durante generaciones hubieran enriquecido y atesorado un original y extenso cancionero popular que tanto amaba y que tan fundamental estaba siendo en su producción musical.


En esos años, aprovechando las salidas del Orfeón y de otros muchos viajes por la provincia se dedicó a recopilar sobre el terreno el folklore musical burgalés. El resultado fue un novedoso trabajo de investigación, su Colección de cantos populares burgaleses que obtuvo uno de los galardones del Premio Nacional de Música de 1932.

Del éxito profesional a la incubación de la tragedia (1932-17 de julio de 1936)

Del tesón y la voluntad creadora de Antonio José dan fe las obras escritas durante esos años en los que sus intensas actividades didácticas e investigadoras apenas le dejaban tiempo para componer. Aún así fue capaz de componer varias de sus mejores piezas. Es el caso de su Marcha para soldados de plomo, compuesta para piano, y, quizá, su obra más famosa e interpretada en la actualidad: Sonata para guitarra. Según su biógrafo, el musicólogo Miguel Ángel Palacios Garoz (En tinta roja: cartas y otros escritos de Antonio José, Burgos, 2002), estas dos composiciones marcan una significativa evolución en su estilo musical, dejando a un lado su habitual inspiración en las melodías populares para trabajar en exclusiva sobre temas originales.


También estrena y publica una serie de obras corales, escritas exprofeso para ser interpretadas por su orfeón: el ya citado Himno a Castilla, Cuatro canciones populares burgalesas, Cinco coros castellanos y Tres cantigas de Alfonso X. Las dos últimas, muy elogiadas por la crítica y los expertos, fueron consideradas como una de las cumbres de la polifonía coral del momento. Además, las Tres cantigas de Alfonso X llegan a publicarse en París por la editorial Max Eschig y ya puede afirmarse que la música de Antonio José comienza a ser reconocida fuera de nuestras fronteras.
Y también dentro, ya que en 1934 dirige personalmente en el Teatro Monumental de Madrid el estreno de Preludio y danza popular, dos fragmentos orquestados de su ópera El mozo de mulas. El éxito de crítica y público fue rotundo como demuestran las crónicas que dejaron escritas los más reputados críticos musicales del momento: Joaquín Turina, Rodolfo Halffter, Adolfo Salazar y José Subirá. Este último además trabó una buena amistad con Antonio José y con el tiempo se convertiría en uno de los escasos depositarios de la memoria del compositor.

Aunque en esos años es nombrado miembro correspondiente de la Academia de Bellas Artes de San Fernando y su prestigio nacional e incluso internacional se consolida con rapidez, Antonio José comienza a ser consciente de la indiferencia e, incluso, el rechazo que su trayectoria profesional despierta en las clases dominantes de su ciudad natal. Un ambiente caciquil, hosco y apático frente a su música de altos vuelos, su enriquecedora labor investigadora y, sobre todo, su sensibilidad pedagógica con los estamentos más desfavorecidos de la sociedad burgalesa. Todo esto, junto a la crisis personal que le supone la muerte en poco tiempo de sus padres y una muy querida tía, hacen que Antonio José se sienta solo, pierda la ilusión por componer e, incluso, se plantee cambiar de aires.

Pero con el apoyo de sus amigos, en especial los de la Tertulia del Ciprés y algunos orfeonistas, poco a poco consigue sobreponerse al desánimo. Además, en abril de 1936, es invitado oficialmente a participar en el III Congreso Internacional de Musicología celebrado en Barcelona, donde presentó su ponencia La canción popular burgalesa. Antonio José quedó muy satisfecho de una intervención, ante los más reputados expertos en la materia, en la que se propuso desmentir la extendida creencia de que Castilla era una tierra de gente seca y sin una música popular característica y propia. Las justificadas y novedosas aportaciones del músico burgalés tuvieron una gran acogida entre los asistentes y la prensa especializada. 

Guerra Civil, encarcelamiento y asesinato (18 de julio-9 de octubre de 1936)

Este éxito en su reivindicación de la música popular castellana favorece la recuperación anímica en Antonio José. Al regresar de Barcelona se centra en los preparativos de fin de curso del Orfeón Burgalés, en la conclusión de El mozo de mulas y en distintos viajes por la provincia a la búsqueda de más melodías populares.
Con renovado optimismo y su habitual e infinita curiosidad emprende el que sería su último viaje: una visita a Navarra para conocer los Sanfermines y acercarse hasta la jacobea Roncesvalles. Como siempre, disfrutó con intensidad y alegría sin sospechar los negros nubarrones que se iban a cerner sobre España y sobre su propia vida.


Los últimos y trágicos acontecimientos en la vida de Antonio José se suceden en cascada desde el mismo instante en el que parte del ejército se subleva contra el Gobierno de la II República. Si bien no militaba en ningún partido político nadie dudaba de su talante utópico y progresista que le hacía simpatizar con los más nobles ideales republicanos y socialistas. Esa fue la principal causa, sin olvidar las envidias y resquemores que su talento y su éxito despertaban en los ambientes burgaleses más reaccionarios, para estar incluido en las macabras listas de detenidos redactadas por los militares golpistas.
Tras algún infructuoso intento anterior, al final es arrestado en su domicilio en la tarde del 7 de agosto. Conducido a la Prisión Central de Burgos fue encerrado, junto a otros miles de detenidos, sin ningún tipo de garantía judicial y sometido a un planificado ambiente de terror. En los apenas dos meses que estuvo preso Antonio José, se llevaron a cabo al menos 27 sacas de la cárcel de Burgos con un cruel balance: cerca de 400 asesinados que fueron mal enterrados en el cercano Monte de Estépar.


A Antonio José Martínez Palacios le tocó el macabro turno, junto a otros 23 compañeros, en la lluviosa madrugada del viernes 9 de octubre de 1936. Nunca sabremos si es cierto, pero cuentan que uno de los jesuitas que asistía espiritualmente a las víctimas en sus últimos momentos escuchó gritar a Antonio José antes de caer para siempre sobre esa húmeda y olorosa tierra burgalesa que tanto amaba, un rotundo: “¡Viva la Música!”.

Más información: antoniojose.org

 

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